domingo, 16 de julio de 2017

Antiguas piedras de Achar y Corona de los muertos

Dolmen de Achar, en Aguas Tuertas, Pirineos occidentales.


Debo reconocer mi atracción por los restos prehistóricos. Ese romanticismo que rodea, por ejemplo, a los conjuntos de megalitos repartidos por el Pirineo. “Enigma, ciencia, pervivencia del pasado, mitos y leyendas se reúnen en torno al fenómeno del megalitismo”[1]. En el caso de estas montañas, estas construcciones milenarias, realizadas con piedras de distintas formas, para levantar dólmenes, crómlech, menhires o túmulos, están situadas ante poderosos paisajes, lo que agranda su magnetismo y poder evocador. Su visita requiere, en la gran mayoría de los casos, de la humildad de un paseo, a veces de una decidida excursión algo más larga; pero siempre de una aproximación a pie, la manera más adecuada para que nuestra mente capte el espíritu del paraje. “Una aproximación sensible y, hasta cierto punto, emocional que puede conducirnos desde el rito funerario hasta las estrellas, hasta las fronteras de una realidad sutil”1.
Castiello d`Acher: ¿no es un inmenso dolmen al que copiar?
Edificados en el segundo y tercer milenio antes de nuestra era, a finales del Neolítico, como lugares de incineración, enterramiento, como límites geográficos o señales de los caminos. Puede que no esté claro su significado, pero sí dejan constancia de una cultura y unas tradiciones, las de aquellos pobladores. No son grandes estructuras, no intervinieron en ellas muchas personas: quizás un grupo de cazadores, unos pocos pastores se decidieron a erigirlas en el contexto de una cultura que abarcó un vasto territorio desde la península Ibérica al Egeo. “Nuestras montañas jamás han constituido un obstáculo infranqueable a los aportes de las civilizaciones y a las transferencias humanas. Más bien han ofrecido al hombre un cuadro de vida hospitalario”[2].
Hace ya casi un año hicimos un par de excursiones por el Pirineo occidental. Por el hermosísimo valle de Guarrinza, dominado por una montaña tan singular como el Castiello d´Acher, subiendo por una pista desde Hecho. Valle que conserva varios de estos monumentos prehistóricos. Se localizan entre frondosos bosques como la selva de Oza, y su Corona de los muertos, o más arriba, en Aguas Tuertas, ante los meandros de la cabecera del río Aragón Subordán, donde encontramos el dolmen de Achar.
Corona de los muertos, en la selva de Oza.
Hay otros dólmenes y túmulos en esta zona. Hace 5.000 años, gentes sensibles supieron ver la grandeza de estos paisajes. Me gustaría saber si con la misma sensibilidad que ahora, o quizás más, porque ellos vivían con la montaña. Marcaron el territorio, transitando unos senderos que hoy en buena parte seguimos recorriendo. Dólmenes, túmulos… las mismas rocas de los alrededores se transformaron en símbolos al ordenarlas los seres humanos. Levantadas en unas rústicas pero perdurables construcciones que indicaban cuantos humanos transitaban por esas montañas. Visito esos círculos de piedras, la Corona de los muertos, hay decenas repartidas por una ladera de la selva de Oza, y más que enterramientos parecen corresponder a la ubicación de campamentos prehistóricos, fue el 11 de agosto del año pasado. El día de antes visitamos el dolmen de Aguas Tuertas, estratégicamente situado al inicio de esa gran extensión de pastos de montañas, por donde pastaron grandes manadas de caballos y otras piezas de caza.
Corona de los mueros, en la selva de Oza.
Seguro que fueron gentes maravilladas por estas montañas. Creo estar seguro de ello. Y buscaron un significado, ante un paisaje tan estremecedor. ¿Cuál? Posiblemente, esa es mi creencia, la belleza, la eterna belleza. Esa de la que nos hablan los grandes paisajes, las montañas inamovibles. Es el mismo paisaje que vemos cinco milenios después. Desaparecieron aquellas tribus, desapareceremos nosotros. No lo harán estas montañas. Sus enigmáticos dólmenes y círculos de piedras establecieron un diálogo con la naturaleza. Un significado que siempre querremos desvelar, cuando debemos conformarnos con la obra humana, la huella humana, la imaginación humana, la existencia humana.
Mis hijos y mis sobrinas pasaron la tarde observando y cazando renacuajos en los pequeños remansos del río, a poca distancia de estas piedras primitivas. Pasaron las horas de la tarde agachados en la orilla. También, con la misma actitud observadora, aquellos niños de hace 5.000 años, cazaron ranas. Disfrutaron aprendiendo de los seres cercanos. Nos une la misma y simple existencia. Nos unen las mismas montañas, que ellos con sus construcciones embellecieron aun más. Viajaron buscando sustento, caza o trasladando sus rebaños. Clanes de cazadores o de pastores o ambas cosas. Era duro vivir en la prehistoria, pero la creación y la contemplación también tenían un hueco. Ellos levantaron aquellas piedras para convertir todas estas montañas, sus torrentes y bosques en un gran santuario de la naturaleza.
Nacara, Argynnis paphia. Revoloteando ahora como hacía también 5.000 años atrás.


[1] Megalitos del Alto Aragón. Ed. PRAMES

[2] Guía de los Pirineos, de Claude Dendaletche Ed. OMEGA

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