miércoles, 7 de junio de 2017

De casas y pueblos auténticos en el Pirineo occidental

Fago, calle principal, en agosto de 2016. La belleza de lo auténtico.


Dice Karl Ove Knausgard que hoy “transitamos por las mismas carreteras, las mismas casas, las mismas gasolineras, las mismas tiendas. Europa se está fundiendo en un país grande e igual. Lo mismo, lo mismo, todo es lo mismo”. Lo cuento porque en este instante, de tranquila mañana de agosto, en el cámping a las afueras de Ansó, acaba de dispararse un altavoz en el pueblo, que ha informado que se han perdido una cartera y unas llaves, y que se puede ir a buscarlas al ayuntamiento. Algo cotidiano, que me parece único.
Ansó, agosto de 2016
En Roncal se quedan cien habitantes cuando llega el invierno. Eso dice el dueño del supermercado del pueblo, donde hemos comprado queso. Ha sido después de darnos un largo paseo, y antes refrescarnos en la piscina fluvial, no muy buena, más parece un charcón. Me ha llamado la atención las dimensiones del cuartel de la Guardia Civil, con su buena leñera ya preparada para los meses de frío y de la iglesia de San Cipriano. Enormes edificios, dominando, cada uno en su competencia, al pueblo, y creo que hoy venidos a menos.
Mientras, un edificio más moderno, junto a la carretera que sube a Francia, donde se encuentra la oficina de turismo, muestra en varias plantas y en atractivas proyecciones, toda la maravillosa naturaleza del valle, pastos para sus ovejas, bosques de hayas, abetos y pino negro. Y osos, como el rey de estos montes. Un edificio vivo y útil, del que espero, siga dando servicio, además gratuito, durante mucho tiempo.
Casa de Hecho, o Echo, del libro 'Los pueblos de España, de Caro Baroja.
El nogal de la plaza de Fago tiene las nueces muy pequeñas, será el clima. Un bello pueblo, que conserva viejas casas encaladas de blanco o azul claro, abandonadas algunas de ellas, que sí dan idea de las viviendas de siempre, de un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques. Corren el peligro, en el caso de Ansó y Echo, de que el excesivo esmero de sus vecinos por embellecerlos, lo conviertan en una postal, dejando atrás la autenticidad de las viejas fachadas, puertas y empedrados. En Echo se encuentra el centro de salud, donde el pediatra, de apellido Urdaiz, atiende con minuciosidad a Miguel, que entre los baños en las aguas frías y los calores, ha cogido un pequeño resfriado. Un jarabe para la tos, 85 céntimos. 

Parroquia de San Cipriano dominando las casas roncalesas.



sábado, 27 de mayo de 2017

'Los últimos', de Paco Cerdà, editorial Pepitas de calabaza

Unos cuantos cortijos abandonados puntean el Valle de los Fósiles, Subbética cordobesa.


Parece que el invierno deja las cosas en su sitio. Es el momento de replegarse: la energía del árbol a las raíces, el futuro de las flores en sus semillas y si hay turistas, como ciertas aves, volaron lejos. Es el invierno cuando el periodista Paco Cerdà recorre un vasto territorio de la España del interior. Donde la media demográfica nacional baja de los 92 habitantes a menos de 8 personas por kilómetro cuadrado. Es la soledad “que se extiende por diez provincias y agrupa a 1.355 municipios, esta tierra donde el silencio cabalga montañas y las voces infantiles quedaron afónicas el siglo pasado”. Es una amplia extensión de la serranía Celtibérica, que comprende diez provincias y 65.000 kilómetros, con menos habitantes que en Laponia, así que también se la conoce como la Laponia española.
Paco Cerdà, foto de Comarques Nord
Impresionante territorio deshabitado, el de estas diez provincias que se convierten en el libro en diez capítulos y diez historias de sus moradores. Unos pocos niños y su maestro, alguien que dejó la gran ciudad y volvió al pueblo apostando por los alojamientos turísticos rurales y sobre todo gente mayor que como Fautisno García, de 85 años, es el único habitante de Tobillos (Guadalajara) y su vida “compuesta de rutina y oxígeno. Una vida. Solo una vida y sin embargo una vida”.
Paco Cerdà ha escrito un libro necesario, es una importante reflexión sobre el viejo solar de nuestro país. Sobre los pueblos que se vienen abajo y con ellos se desploma toda una cultura de lo que fue el campo español. La naturaleza, con esa paciencia milenaria, va borrando antiguas extensiones de cultivos y luego va subiendo por las paredes de piedra, con sus hojas de zarza o de hiedra, con sus higueras colgando de viejas murallas y campanarios. Ya en 1988, Julio Llamazares en su libro -La lluvia amarilla- supo escribir sobre estos pueblos, él se fue al Pirineo, a Ainielle, aunque fue en Soria, en Sarnago, donde encontró el germen de su libro. Paco Cerdà recorre Sarnago, con “la vieja iglesia hundida bajo el peso de su propio desamparo”.
-Los últimos- me lleva a la incansable naturaleza que borra lo humano, que borra veredas, caminos de montaña, realengas y sin ellas quedarán borrados de la mirada infinitos paisajes. Y al mismo tiempo que los paisajes volverán solo a algún caminate intrépido, las palabras se irán perdiendo en el fondo de las páginas de los diccionarios: “la colodra era el vaso que solían llevar los pastores para beber en el campo”. -Los últimos- de Paco Cerdà, editado por Pepitas de Calabaza. Necesario.

Ruinas, restos de otras vidas en el campo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Mesa de los Tres Reyes

Oleaje de montañas desde la cima de la Mesa de los Tres Reyes.


Unas chovas piquigualdas con sus vuelos acrobáticos me dan la bienvenida en la cima de la Mesa de los Tres Reyes (2.442 m). Se comportan confiadas, a pocas piedras de distancia, saben de mi incapacidad en  medio de estos abismos. Su voz penetrante les sirve en los días de nieblas, para guiarse juntas, en bandadas más o menos grandes, por las cimas de las montañas. Hoy el horizonte es infinito. Un cuervo grazna y se da la vuelta. País de córvidos. Mesa de los Tres Reyes y tres cuervos como tres señores de castillos calizos imponentes, jamás soñados en este liviano aire.
Fascinantes chovas, dueñas de los riscos.
Montaña agotadora, he llegado temblando, cima temblante. El pan con queso apenas si lo puedo tragar, el bocadillo me lo prepararon con aprecio y aceite de oliva, abajo en el refugio de Linza. Gracias. He tardado en llegar 3,45 horas. Miro hacia Francia y cerca está la cima del Anie, con excursionistas en su cumbre. Tras este pico, en la lejanía, se abre una llanura y al fondo muy al fondo observo tenue una ciudad. Hacia el este distinto perfectamente el Midi d'Osseau y creo cuáles son los Arrieles y el Balaitús. Me gusta estar en este mundo de gigantes, que hacen sentirme el más humilde de los devotos de las montañas. La cima tiene un buzón, un san Francisco Javier y una reproducción del castillo de Javier. Esa parafernalia que quiere santificar las cumbres.
Paisaje calcáreo del parque natural de los Pirineos Occidentales.
En la bajada empleo más tiempo, tardo 4,30 horas. Voy despacio, y me detengo a fotografiar las pequeñas flores alpinas que tanto admiro. Las más grandes y vistosas las reconozco de viejas excursiones: las aguileras, eléboros, geranios o armerias. Los pequeños dientes de león, las blanquitas de la familia de las collejas tendrán noches de invierno de dedicación, hasta saber qué especies son. Un paisaje lunar, blanco y quebrado en cuyas grietas o en minúsculos prados me encuentro con estas maravillas en flor, en el primer saludo al sol que hubo en la historia; y luego los pinos negros, como crestas negras de pétreos dinosaurios. Más abajo los pastos agostados y en todo el camino ni una fuente, ni un pequeño reguero de agua. Todo un 16 de agosto de 2016.


-Acinos alpinus
-Allium schoenoprasum
-Aquilegia pyrenaica
Senecio pyrenaicum entre las rocas antes de la cima.
-Armeria pubinervis
-Aster alpinus
-Campanula cochleariifolia
-Campanula scheuchzeri
-Dethawia splendens
-Erigeron uniflorus
-Erinus alpinus
-Galium pyrenaicum
-Gerenium cinereum
-Helleborus viridis
-Hieracium mixtum
-Hypericum nummularium
-Iris latifolia
-Leucanthemopsis alpina
-Myosotis alpestris
-Potentilla alchimilloides
-Saponaria caespitosa
-Senecio pyrenaicus
-Sideritis hyssopifolia
-Teucrium pyrenaicum
-Valeriana apula
Agujas de Ansabère y Pico Petrachema.


miércoles, 26 de abril de 2017

Por las crestas de la Horconera


Ásperas calizas de la Horconera, Subbética cordobesa.


Corre la brisa en este silencio: calidad de silencio.

En la montaña la brisa mece la hierba: quietud.

La brisa eleva lejos al cuervo que grazna: cadencia.

Cierro los ojos, casi duermo con esta brisa: caricia.

Los aceites de los romeros, la brisa esparce: perfume.

Cuentan que a estos abismos vino alguien a arrojarse,
sintió la fragancia de las flores y no se tiró: la brisa.


Brisa que hace temblar las flores y volar pájaros y mariposas que compone un poema en latín: Glaucopsyche Alexis (mariposa), Falco sp. Pyrrhocorax graculus y Monticola solitarius  (aves), y flores como  Saxifraga carpetana, Hyacinthoides hispanica, Conopodium thalictrifolium, Centaurea clementei, Antirrhinum graniticum, Viola kitaibeliana  y la joya Hypochaeris rutea. Este 15 de abril.



jueves, 13 de abril de 2017

'Distintas formas de mirar el agua', de Julio Llamazares

El libro de Llamazares junto al embalse de Iznájar, que inundó aldeas con sus historias y las mejores tierras de labor.


La escritura de Julio Llamazares es orgánica. Y no acudo al abjetivo porque venga bien en un contexto rural, de fuerza natural presente tantas veces en su obras. Encuentro en la literatura de Llamazares cierta inperfección del verdadero acabado artesano, casi del momento de escribir, del estado del escritor, del alma del creador plasmado en las hojas por las que avanza la historia. Orgánica porque habla de la vida y del paisaje.
Así se presenta -Distintas formas de mirar el agua-. Son dieciséis monólogos de hijos, nietos, novias, yernos, que dibujan a Domingo, un agricultor y ganadero que vivió el desarraigo, junto con toda su familia y vecinos, por culpa del pantano del Porma, que sumergió varios pueblos en las bellas montañas al norte de León, entre ellos Ferreras, de donde partieron para siempre e instalarse en una laguna desecada. Doble estropicio: inundar un valle de montaña y secar una laguna en la llanura palentina.
“Domingo prefería olvidarse del pasado y para eso lo mejor, pensaba, era no nombrarlo”. Solo volvió a su tierra, convertido ya en cenizas, que esparcieron un hermoso día de primavera, en las aguas del embalse. Domingo volvió a su pueblo, en cuyo cementerio, un hijo muerto a los dos a;os, lo esperaba.
Lo que hace mi admirado Llamazares, como hizo en -La lluvia amarilla-, es reclamar la atención hacia el teroso perdido de los pueblos abandonados o sumergidos por los avatares del desarrollo. Por ideas de ingenieros al servicio de un Estado insensible (el embalse de Porma lo proyectó Juan Benet). Llamazares, con su escritura sencilla y orgánica, nos pone delante el gran paisaje ante el que uno nace, la vida es una paisaje que hay que defender. “Para mí, el abuelo fue toda su vida: un Ulises campesino y provinciano cuyo sueño era volver al sitio en el que nació por más que nadie lo esperara en él”. Llamazares nació al lado de Ferreras, en Vegamián, ambos sumergidos desde hace 50 años.

Sobre este asunto hay un magnífico reportaje firmado por el propio Llamazares y fotografías de Navia, publicado en El País Semanal.


El escritor leonés Julio Llamazares en Córdoba FotoMIGUEL ANGEL SALAS

martes, 28 de marzo de 2017

A un paso de Rute

Aulagas tiñendo de amarillo la sierra ruteña.




-Un paso que cruje en la graba.
Camino al mirador de la Palomina, con el viento en los pinos, cuyas ramas gimen como viejas ventanas.

-Sisea la hierba al paso.
A la altura de Rute el Viejo. Queda abajo y desde aquí la fortaleza no parece tan inexpugnable, casi podría dejarme llevar hasta sus derruidas murallas, para nada conquistar.


-Un paso silenciado por la pinaza.
Y coger collejas para un revuelto esta noche, y fotografiar fritillarias y nazarenos de sierra.

-Detenido el paso por un tronco caído.
Pierdo la cuenta de sus anillos, podría tener cuarenta y ocho años o más, como yo.

-Por estas trochas mejor el paso firme.
Por la fuente de la Palomina no corre el agua, pero su pequeño pilar de ladrillos sí que tiene, quizás de la lluvia.

-Buscando el paso entre las aulagas
Están todas florecidas. Por millones han pintado toda la ladera de amarillo. Su naturaleza hiriente se ha tornado en belleza abrumadora.
Sierras Subbéticas de Córdoba.


-Jadeando a paso lento.
También florecen los narcisos, ranúnculos y las gageas, que también son amarillas.

-Cuidado con el paso en el chinarral.
Dice Ortega y Gasset: “Para quien lo pequeño no es nada, no es grande lo grande”.

-Todo, a un paso de Rute.

Laderas amarillas desde las ruinas de Rute el Viejo.

martes, 7 de marzo de 2017

Día de intemperie


Puente de la Sima, en Cabra. Vía Verde de la Subbética 4 de marzo 2017.




-A estas alturas del año, los verdecillos comienzan a trinar histéricamente.

-Los olivos con niebla parecen más bosque.

-Debajo del paraguas la lluvia cae como un murmullo.

-Charcos: patrimonio inmaterial de la infancia.

-Los días de agua los mirlos se ponen las botas… comiendo caracoles.

-Atravieso el puente de la Sima, con el paraguas contra la lluvia como una lanza quijotesca.

-No quiero las cosas para mí, pero hoy en la Vía Verde no hay nadie.

-En los cortijos abandonados, la lluvia resbala por la jácena con un escalofrío.

-Vuelvo con los pantalones empapados. Sí, pero ha sido un buen día de intemperie.