miércoles, 26 de abril de 2017

Por las crestas de la Horconera


Ásperas calizas de la Horconera, Subbética cordobesa.


Corre la brisa en este silencio: calidad de silencio.

En la montaña la brisa mece la hierba: quietud.

La brisa eleva lejos al cuervo que grazna: cadencia.

Cierro los ojos, casi duermo con esta brisa: caricia.

Los aceites de los romeros, la brisa esparce: perfume.

Cuentan que a estos abismos vino alguien a arrojarse,
sintió la fragancia de las flores y no se tiró: la brisa.


Brisa que hace temblar las flores y volar pájaros y mariposas que compone un poema en latín: Glaucopsyche Alexis (mariposa), Falco sp. Pyrrhocorax graculus y Monticola solitarius  (aves), y flores como  Saxifraga carpetana, Hyacinthoides hispanica, Conopodium thalictrifolium, Centaurea clementei, Antirrhinum graniticum, Viola kitaibeliana  y la joya Hypochaeris rutea. Este 15 de abril.



jueves, 13 de abril de 2017

'Distintas formas de mirar el agua', de Julio Llamazares

El libro de Llamazares junto al embalse de Iznájar, que inundó aldeas con sus historias y las mejores tierras de labor.


La escritura de Julio Llamazares es orgánica. Y no acudo al abjetivo porque venga bien en un contexto rural, de fuerza natural presente tantas veces en su obras. Encuentro en la literatura de Llamazares cierta inperfección del verdadero acabado artesano, casi del momento de escribir, del estado del escritor, del alma del creador plasmado en las hojas por las que avanza la historia. Orgánica porque habla de la vida y del paisaje.
Así se presenta -Distintas formas de mirar el agua-. Son dieciséis monólogos de hijos, nietos, novias, yernos, que dibujan a Domingo, un agricultor y ganadero que vivió el desarraigo, junto con toda su familia y vecinos, por culpa del pantano del Porma, que sumergió varios pueblos en las bellas montañas al norte de León, entre ellos Ferreras, de donde partieron para siempre e instalarse en una laguna desecada. Doble estropicio: inundar un valle de montaña y secar una laguna en la llanura palentina.
“Domingo prefería olvidarse del pasado y para eso lo mejor, pensaba, era no nombrarlo”. Solo volvió a su tierra, convertido ya en cenizas, que esparcieron un hermoso día de primavera, en las aguas del embalse. Domingo volvió a su pueblo, en cuyo cementerio, un hijo muerto a los dos a;os, lo esperaba.
Lo que hace mi admirado Llamazares, como hizo en -La lluvia amarilla-, es reclamar la atención hacia el teroso perdido de los pueblos abandonados o sumergidos por los avatares del desarrollo. Por ideas de ingenieros al servicio de un Estado insensible (el embalse de Porma lo proyectó Juan Benet). Llamazares, con su escritura sencilla y orgánica, nos pone delante el gran paisaje ante el que uno nace, la vida es una paisaje que hay que defender. “Para mí, el abuelo fue toda su vida: un Ulises campesino y provinciano cuyo sueño era volver al sitio en el que nació por más que nadie lo esperara en él”. Llamazares nació al lado de Ferreras, en Vegamián, ambos sumergidos desde hace 50 años.

Sobre este asunto hay un magnífico reportaje firmado por el propio Llamazares y fotografías de Navia, publicado en El País Semanal.


El escritor leonés Julio Llamazares en Córdoba FotoMIGUEL ANGEL SALAS

martes, 28 de marzo de 2017

A un paso de Rute

Aulagas tiñendo de amarillo la sierra ruteña.




-Un paso que cruje en la graba.
Camino al mirador de la Palomina, con el viento en los pinos, cuyas ramas gimen como viejas ventanas.

-Sisea la hierba al paso.
A la altura de Rute el Viejo. Queda abajo y desde aquí la fortaleza no parece tan inexpugnable, casi podría dejarme llevar hasta sus derruidas murallas, para nada conquistar.


-Un paso silenciado por la pinaza.
Y coger collejas para un revuelto esta noche, y fotografiar fritillarias y nazarenos de sierra.

-Detenido el paso por un tronco caído.
Pierdo la cuenta de sus anillos, podría tener cuarenta y ocho años o más, como yo.

-Por estas trochas mejor el paso firme.
Por la fuente de la Palomina no corre el agua, pero su pequeño pilar de ladrillos sí que tiene, quizás de la lluvia.

-Buscando el paso entre las aulagas
Están todas florecidas. Por millones han pintado toda la ladera de amarillo. Su naturaleza hiriente se ha tornado en belleza abrumadora.
Sierras Subbéticas de Córdoba.


-Jadeando a paso lento.
También florecen los narcisos, ranúnculos y las gageas, que también son amarillas.

-Cuidado con el paso en el chinarral.
Dice Ortega y Gasset: “Para quien lo pequeño no es nada, no es grande lo grande”.

-Todo, a un paso de Rute.

Laderas amarillas desde las ruinas de Rute el Viejo.

martes, 7 de marzo de 2017

Día de intemperie


Puente de la Sima, en Cabra. Vía Verde de la Subbética 4 de marzo 2017.




-A estas alturas del año, los verdecillos comienzan a trinar histéricamente.

-Los olivos con niebla parecen más bosque.

-Debajo del paraguas la lluvia cae como un murmullo.

-Charcos: patrimonio inmaterial de la infancia.

-Los días de agua los mirlos se ponen las botas… comiendo caracoles.

-Atravieso el puente de la Sima, con el paraguas contra la lluvia como una lanza quijotesca.

-No quiero las cosas para mí, pero hoy en la Vía Verde no hay nadie.

-En los cortijos abandonados, la lluvia resbala por la jácena con un escalofrío.

-Vuelvo con los pantalones empapados. Sí, pero ha sido un buen día de intemperie.








jueves, 23 de febrero de 2017

'Un paseo invernal', de Henry David Thoreau, en Sierra Nevada


Refugio de san Francisco este 21 de enero.


"¿De qué sirve venir a los bosques si me dedico a pensar en cosas que nada tienen que ver con ellos?" Es lo que  se pregunta Thoreau en su texto 'Caminar', y que a veces yo también me planteo al comienzo de una caminata. Y es la misma marcha la que termina por darme la respuesta: hay que seguir caminando hasta que llega un momento, no sé, al buen rato, cerca de la hora, en que el más humano de los ejercicios termina por meterte en el paisaje, la naturaleza se impone y entonces el pensamiento va con el bosque.
'Un paseo invernal', en Sierra Nevada
Son dos textos los que componen la bella edición de Errata Naturae, con traducción de Marcos Nava, 'Un paseo invernal', con el que se inicia el libro, que da título además al volumen, y 'Caminar'. En ambos, Henry David Thoreau, naturalista y pensador enmarcado en la corriente del trascendentalismo, nos muestra que algo tan sencillo como el propio paseo, permite abstraernos del bullicio general de las ciudades  y conectar con la naturaleza.
"El zorzal y el trepador son una compañía más estimulante que la de políticos y filósofos", con este razonamiento por delante, y animados por el libro, decidimos dar nuestro paseo invernal... aunque para que este fuera realmente invernal, nos fuimos una mañana temprano hasta Sierra Nevada.
Con mis hijos, y mi sobrina, dedicamos toda la jornada a recorrer la pista que lleva al refugio de San Francisco. Camino cubierto por un par de palmos de nieve, en algunos sitios incluso más. Nieve blanda, caída en los últimos días, que terminó por agotarnos; pero que agradecimos por la experiencia que nos ofreció, de estar lejos de las cosas, las cosas habituales, las cosas de siempre y de no poder llegar fácilmente a ningún sitio, ni siquiera volver. Comprendimos que simplemente caminar por la nieve, ya era un buen motivo para estar allí.
Miguel acarrea nieve en su trineo.

El gran paisaje de montaña, la majestuosa pared vertical de la Alcazaba que emergía, con sus 3.371 metros. Toda una sucesión de escenas naturales se colocaron a la altura de los mejores razonamientos filosóficos, llenaron nuestro entendimiento y nuestra vida esa mañana. "Por encima de todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente", escribe Thoreau. En algunos tramos del camino, sentimos las placas de hielo bajo la capa de nieve, los abrevaderos congelados, los aplastados pinos por un antiguo alud, el par de cuervos que nos observaron un rato y finalmente la cúpula roja del refugio. Nuestro paseo invernal y 'Un paseo invernal', de Henry David Thoreau, un libro, de poco más de cien páginas, muy bien presentado por Errata Naturae.  !Qué cerca del bien está lo salvaje!

Lourdes, Alicia y Miguel en nuestro paseo invernal.
 

jueves, 16 de febrero de 2017

Por El Acebuchal

Aldea de El Acebuchal, término de Frigiliana. Recuperada para el turismo rural.



Vuelvo ya decidido, es casi la hora de comer. Son las 13.05 horas, cuando el viento azota unos menudos olivos a pocos pasos. Estaba sentado contemplando una muralla de montañas, emergida como un secreto guardado en una de las vueltas del camino. Corresponde a la parte sur occidental de las sierras de Tejera y Almijara, he seguido todo el borde con el lápiz en el cuaderno. Un dibujillo que no se aproxima a su grandiosa belleza, pero que sirve para retener la emoción de este borde serrado entre Frigiliana y Cómpeta*. Hasta aquí he llegado. No sé exactamente, unos seis kilómetros por la pista desde El Acebuchal. El viento ha hecho que me levante y comience la vuelta, cerca del picadero de Los Olivillos, donde hoy los caballos llevan mantas impermeables.
Ophrys fusca subsp. dyris
Montañas de Tejera y Almijara.
Las 13.25 horas, sobre el puente del río Torrox. Que después de estas lluvias no abarca todo el cauce. Esta zona es un refugio de pesca y hay una construcción, con varios edificios, parece que hay un merendero cubierto, todo en desuso. Hasta aquí el camino ha bajado decidido, serpenteando por la empinada ladera. He dejado el olivar, arriba donde pega el viento, ¿sabrán mejor las aceitunas de olivos que crecen en un gran paisaje?
13.55 horas. Otra vez en la roca donde antes he dibujado unas florecillas del borde del camino. Y justo otra vez las enervantes motos y sus impulsivas aceleraciones. Vuelve el rumor del río al fondo del barranco. Ahora es el ruido de un avión. Ganan los motores. El viento vuelve a sonar en las ramas de los pinos. Dos a dos.
14.10 horas. El Acebuchal, una aldea recuperada del abandono y su historia de maquis para el turismo rural. Los amigos y los niños juegan. Todos nos vamos a almorzar.

*En casa busco imágenes y creo que lo dibujado se corresponde a los Tajos de la Mota, El Lucero, de 1.779 metros y el Cerro de las Tres Cruces



Contornos aserrados por todas partes.

domingo, 5 de febrero de 2017

Rute El Viejo

Rute puede venir de Rut, que significa visión de belleza.



Los buitres acarician tus seculares piedras,
admiran la amplitud de difícil fortaleza.
Mas el asalto a tu torcida torre no planean.
Rute El Viejo, viejo promontorio de hiedras.

Una torre altiva aunque inclinada.
Nadie te defendió del asalto de los olivos,
que un acebuche en tus almenas sembraran.
Es la Montañesa la que mantiene tus imponentes murallas.
El silencio de tus muros ya no siente el vértigo del vacío.

En esta belleza abrumadora de romántico invierno.
Quién te erigió en este soberbio escenario,
de trochas, sierras y campos.
Las higueras te habitan, los lirios y los almendros.

La historia se derrumba con el vendaval de febrero.
Fuiste poder, asentamiento, ya nada, ahora recuerdo.
Sobre las hojas húmedas vuelvo,
solo saben de ti siete buitres, como siete guerreros.


Parte más alta de Rute El Viejo, con la sierra ruteña como fondo.