domingo, 15 de octubre de 2017

Retraso del otoño II

Desde la Subbética cordobesa, las sierras del sur de Jaén, Subbética jiennense.


Un día tan claro, que ese azul celeste
termina devorando la última línea de las sierras.
Un palmo de tierra debería estar ya húmedo.
Todo espera aun a activarse en estas entrañas.

Este octubre que parece una mañana fresca de julio,
convertida en sofocante día otoñal.
Este no es el veranillo del membrillo,
esto es un verano que no termina.

Recurrente es la conversación del tiempo,
pero es que el ser humano es tiempo.
Habrá que anotar este 15 de octubre sin caer ni gota.
Y esperar que el año que viene no confirme nada.

En ‘Retraso del otoño’, lo escribió exacto el poeta.
Antonio Cabrera sintió también un octubre así,
fue preciso en la emoción, y riguroso:
“frutos desconcertados, tierra acuciada”.

Sendero de Santa Rita, este 15 de octubre de 2017.

domingo, 8 de octubre de 2017

A Saravillo

Argynnis paphia (nacarada macho) el 8 de agosto 2017 camino de Saravillo
Creo que casi todos los años lo hacemos. Ir del camping de Los Vives a Saravillo, por una senda pedregosa que asciende hacia los lavaderos del pueblo. No creo que llegue a los dos kilómetros, aunque con buena pendiente. Supone recobrar el olor de los pinos royos y la vista de las montañas, y estar de nuevo en estos queridos lugares.
Salida del camping Los Vives
Un agradable paseo que di este verano con Marimar y Ales. El día de antes habíamos llegado montando las tiendas y los preparativos de la acampada. Así que, sin prisas nos pusimos un año más a caminar por el Pirineo. Caminar dentro del bosque, junto al torrente, hacia el pueblo. Los bordes del camino mantienen una buena floración en estas fehcas, así que las mariposas revolotean entre las plantas.
Caminar quedándote atrás para ver la podalirio, c-blanca, perlada violeta o la nacarada. Ese placer de la nada, del instante, no hay razón ni motivo. Solo ver atento lo que sucede, y la cámara para registrarlo. Llegamos a los lavaderos donde bebimos un agua fresca, que empañaba la botella. En algún momento, en los últimos meses, cayó una rama gruesa de nogal y ha roto el tejado de pizarra, así que este año los lavaderos se mostraban maltrechos.
Iglesia donde ofició mosén Bruno Fierro.
Paseamos por el pueblo. Pasamos junto a la iglesia, en la que vivió mosén Bruno Fierro, aquel cura singular al que le canta La Ronda de Boltaña. Hay bellas casas de montaña pero me fijo en aquellas con un aspecto… ¿más natural? También hay cuidados huertos. A las afueras de Saravillo hay una quesería donde compramos yogur natural de leche de cabra y ya por la carretera estrecha y sinuosa volvimos al camping, sin prisas, sin planes, de vacaciones.

Caminar sin prisa, por el bosque, hacia Saravillo.


Boloria dia (perlada violeta) por la senda hacia el pueblo.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

‘Una casa en Walden’ de Antonio Casado da Rocha editado por Pepitas de Calabaza


'Una casa en Walden' de paseo por el Pirineo de Huesca, refugio junto a la senda al ibón de Pinarra


Me pasa también con Darwin, y es que creo que siempre es buen momento para homenajear a un gran filósofo de la naturaleza como es Henry David Thoreau. Y en este 200 aniversario del nacimiento del pensador de Concord es una ocasión perfecta para volver a la lectura de Walden, ‘Mi vida entre bosques y lagunas’, creo recordar que era el subtítulo de una vieja edición de Austral.
Comencé el año con una ‘Caminata invernal’ y ahora he leído ‘Una casa en Walden’ del filósofo Antonio Casado da Rocha que homenajea a este pensador de la naturaleza. Se trata de un libro que llega tras un afortunado fracaso. Al no poder avanzar, según los plazos previstos, en una nueva traducción de Walden, Antonio Casado emprende un proyecto más personal, recopilando y reescribiendo ensayos y ponencias de Thoreau y de índole poética. Antonio Casado afronta la existencia consciente y feliz que propuso Thoreau, convirtiendo el espacio en un lugar poético dispuesto para la vida diaria a través de la contemplación, la sobriedad o el conocimiento que aúna ciencia y experiencia.
“Tomar cada día como una ocasión de simplificar supone centrarse en lo que verdaderamente le importa a uno”, así nos resume Casado buena parte de lo que significa Walden. Termina el libro con dos capítulos sobre poesía, “porque todavía hay muchas maneras distintas de vivir en el mundo”. Un libro que grita contra esta sociedad contemporánea que ha caído en el consumo compulsivo. Casado ha escrito un libro perfecto para la mochila, para la caminata o el banco del parque. Y una invitación para ir a por Walden, que “está dondequiera que uno practique la lectura lenta y la escucha atenta”.

Ibón de Pinarra a 2.215 metros, este agosto 2017.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Papamoscas gris

Papamoscas gris (Muscicapa striata) en el valle de Los Fósiles, Subbética cordobesa.

En el Valle de los Fósiles un papamoscas parece más interesado en mí que yo en él. Y es que estoy leyendo al gran Seamus Heaney.
A veces unos horrendos cables de la luz son una suerte para pajarillos lectores. Porque he descubierto que lo que hace el papamoscas desde su eléctrico posadero es leer también mi libro ‘Cadena humana’, pero como la edición es bilingüe, no sé cuáles son los versos que sigue tan listo paro.
Y tres liebres, cerca de la fuente del Palomillo, que parecen tres canguros en esta sequedad, también atentas. Nómadas de los campos, a esta hora de la tarde, la hora de las liebres. Sé que oyen pasar las hojas que no pueden leer.

Unos versos de A herbal (Herbario)

Entre el brezo y la caléndula,
Entre el musgo y el botón de oro,
Entre el diente de león y la retama,
Entre el nomeolvides y la madreselva,
 
Como entre el azul claro y la nube,
Entre el pajar y el cielo del atardecer,
Entre el roble y el techo de pizarra,
Tenía mi existencia. Yo estuve ahí.
Yo en el lugar y el lugar en mí.
 
Between heather and marigold,
Between spaghnum and buttercup,
Between dandelion and broom,
Between forget-me-not and honeysuckle,

As between clear blue and cloud,
Between haystack and sunset sky,
Between oak tree and slated roof,
I had my existence. I was there.
Me in place and the place in me.

Liebre ibérica (Lepus granatensis), valle de Los Fósiles.

lunes, 28 de agosto de 2017

Los senderos del mar, de María Belmonte

Puesta de sol en el flysch de Zumaya, 4 de agosto.



Ha sido una suerte prolongar los días en la costa vasca. Mantener la emoción de nadar en el Cantábrico, de la subida al monte Pagoeta o el vértigo de los impresionantes acantilados del flysch de Zumaya. Ha sido una suerte dar con el libro ‘Los senderos del mar. Un viaje a pie’, de María Belmonte, de la editorial Acantilado, y seguir aquí en el sur rememorando esos días norteños. Y fue en San Sebastián un día lluvioso del pasado 5 de agosto, llegamos en cercanías desde Orio. Paseamos por una ciudad abierta a su hermosa playa de la Concha, sin bañistas, desierta por el mal tiempo. Comimos en la Parte Vieja y como postre, mientras la familia paseaba por la playa de Zurriola, me fui a una de las librerías Elkar, la de la calle Bergara, y me hice con este hermoso libro, qué mejor sitio.
“Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte”, es un buen principio para viajar y para comenzar el libro. María Belmonte recorre la espectacular costa a lo largo de varios viajes entre los meses de abril y septiembre y escribe de ballenas, de geología, de mitos, de botánica de oceanografía: “La mayor parte de las olas que llegan al golfo de Vizcaya y rompen contra la costa vasca nacen en el tempestuoso y agitado mar de Labrador, al este de Terranova y sur de Groenlandia”.
No hay mar donde vivo, pero sí calizas surgidas del fondo marino.
También abundan en su libro los escritores viajeros: Chatwin, Mcfarlane y su admirado Patrick Leigh Fervor, de este último no he leído nada, así que queda anotado para futuras lecturas. Son mucho más las referencias literarias y me alegra conocer a bastantes de los autores en sus lecturas recomendadas al final del libro. Ya no estoy en los paisajes del norte tan llevaderos en agosto. Pero ‘Los senderos del mar’ ha prolongado el placer de observar desde la cruz de Pagoeta a Zarauz y Orio, separadas por el Talaimendi, el paseo por San Sebastián, el baño en Zumaya y sus acantilados calcáreos. Por cierto, magníficas las páginas dedicadas a este acontecimiento geológico mundial, del que deseo escribir en otro momento.
María Belmonte recorre con amigos partes del camino y también a solas con el paisaje y su fuerza indeleble. Viviendo a cada paso la costa y sus sucesos naturales, la lluvia que arrecia, los helechos y el bosque, nadar y sentir el mar, o aquel martín pescador a la salida de Orio, que puso “una hermosa nota de color azul turquesa en el cielo de la tarde“. Son paisajes “que permanecen en nuestra memoria y perduran en nosotros por muy lejos que nos encontremos de ellos”. Y así siguen en mí esos paseos atentos y despreocupados de hace unas semanas. Senderos que habrá que andar y un libro que me llevará a otros libros. Porque es de la naturaleza y del ser humano de lo que escribe magníficamente María Belmonte.

La autora en una de las 14 imágenes que aparecen en el libro.



martes, 1 de agosto de 2017

Tiempo de emboscarse



Tronco de haya en el bosque de Gamueta.


Ha escrito Llamazares sobre los árboles. De las enfermedades como la Xilella fastidiosa, que ataca los almendros y los olivos. También las palmeras se secan, por los ataques del picudo rojo. Hoy mismo he visto junto a la carretera un hermoso olmo totalmente seco. Los olmos afectados de grafiosis mueren con las hojas puestas. De alguna manera el hombre está detrás de estas plagas. Y con el verano las llamas consumen millones de árboles, y no son las llamas del poderoso rayo, son las de la codicia premeditada o sobrevenida las que queman bosques completos. ¿Quién acertó con el cinismo del hombre cuando dijo que el propio árbol le da la madera para el mango del hacha?
Bosque del refugio de Linza.
Son fechas de vacaciones, y hay quien en vacaciones se dirige al descanso de una soleada playa. Al refugio de un libro. A la distinta tranquilidad del propio hogar cuando uno no tiene nada que hacer, algo que pienso cada vez más digno y menos contaminante. No es fácil ser dueño de tu propio tiempo, no es fácil siquiera ser plenamente consciente de ese tiempo.
Precisamente los árboles gestionan el tiempo de otra manera: creciendo durante siglos, muriendo durante siglos, pudriéndose durante siglos y puede que rebrotando eternamente. Son otras vidas que reverencio. Dispongo de unos días y lo he decidido: me voy al encuentro de estos viejos compañeros, nos emboscamos toda la familia.
 Aun quedan al doblar un empinado camino de montaña, enormes abetos, pinos, robles y hayas, cuyo fuste en otro tiempo aguantó las velas de los barcos. Impresionantes ejemplares entre los que adentrarse y perderse. No sentirse gran cosa, no saber gran cosa. Para Ortega, “solo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro de un bosque”. Quiero sentir esa extrañeza y ese vértigo, y si se puede hacer bajo la lluvia mejor. No voy a decir adónde, pero aun es posible, a pesar del hacha que es el mismo hombre. Julio Llamazares termina su artículo con la frase del poeta francés Claude Bobin: “Me gusta apoyar la mano en el tronco de un árbol no para asegurarme de su existencia sino de la mía”.
Miguel junto a espléndidos pinos negros en la faja Tormosa, Pineta.

domingo, 16 de julio de 2017

Antiguas piedras de Achar y Corona de los muertos

Dolmen de Achar, en Aguas Tuertas, Pirineos occidentales.


Debo reconocer mi atracción por los restos prehistóricos. Ese romanticismo que rodea, por ejemplo, a los conjuntos de megalitos repartidos por el Pirineo. “Enigma, ciencia, pervivencia del pasado, mitos y leyendas se reúnen en torno al fenómeno del megalitismo”[1]. En el caso de estas montañas, estas construcciones milenarias, realizadas con piedras de distintas formas, para levantar dólmenes, crómlech, menhires o túmulos, están situadas ante poderosos paisajes, lo que agranda su magnetismo y poder evocador. Su visita requiere, en la gran mayoría de los casos, de la humildad de un paseo, a veces de una decidida excursión algo más larga; pero siempre de una aproximación a pie, la manera más adecuada para que nuestra mente capte el espíritu del paraje. “Una aproximación sensible y, hasta cierto punto, emocional que puede conducirnos desde el rito funerario hasta las estrellas, hasta las fronteras de una realidad sutil”1.
Castiello d`Acher: ¿no es un inmenso dolmen al que copiar?
Edificados en el segundo y tercer milenio antes de nuestra era, a finales del Neolítico, como lugares de incineración, enterramiento, como límites geográficos o señales de los caminos. Puede que no esté claro su significado, pero sí dejan constancia de una cultura y unas tradiciones, las de aquellos pobladores. No son grandes estructuras, no intervinieron en ellas muchas personas: quizás un grupo de cazadores, unos pocos pastores se decidieron a erigirlas en el contexto de una cultura que abarcó un vasto territorio desde la península Ibérica al Egeo. “Nuestras montañas jamás han constituido un obstáculo infranqueable a los aportes de las civilizaciones y a las transferencias humanas. Más bien han ofrecido al hombre un cuadro de vida hospitalario”[2].
Hace ya casi un año hicimos un par de excursiones por el Pirineo occidental. Por el hermosísimo valle de Guarrinza, dominado por una montaña tan singular como el Castiello d´Acher, subiendo por una pista desde Hecho. Valle que conserva varios de estos monumentos prehistóricos. Se localizan entre frondosos bosques como la selva de Oza, y su Corona de los muertos, o más arriba, en Aguas Tuertas, ante los meandros de la cabecera del río Aragón Subordán, donde encontramos el dolmen de Achar.
Corona de los muertos, en la selva de Oza.
Hay otros dólmenes y túmulos en esta zona. Hace 5.000 años, gentes sensibles supieron ver la grandeza de estos paisajes. Me gustaría saber si con la misma sensibilidad que ahora, o quizás más, porque ellos vivían con la montaña. Marcaron el territorio, transitando unos senderos que hoy en buena parte seguimos recorriendo. Dólmenes, túmulos… las mismas rocas de los alrededores se transformaron en símbolos al ordenarlas los seres humanos. Levantadas en unas rústicas pero perdurables construcciones que indicaban cuantos humanos transitaban por esas montañas. Visito esos círculos de piedras, la Corona de los muertos, hay decenas repartidas por una ladera de la selva de Oza, y más que enterramientos parecen corresponder a la ubicación de campamentos prehistóricos, fue el 11 de agosto del año pasado. El día de antes visitamos el dolmen de Aguas Tuertas, estratégicamente situado al inicio de esa gran extensión de pastos de montañas, por donde pastaron grandes manadas de caballos y otras piezas de caza.
Corona de los mueros, en la selva de Oza.
Seguro que fueron gentes maravilladas por estas montañas. Creo estar seguro de ello. Y buscaron un significado, ante un paisaje tan estremecedor. ¿Cuál? Posiblemente, esa es mi creencia, la belleza, la eterna belleza. Esa de la que nos hablan los grandes paisajes, las montañas inamovibles. Es el mismo paisaje que vemos cinco milenios después. Desaparecieron aquellas tribus, desapareceremos nosotros. No lo harán estas montañas. Sus enigmáticos dólmenes y círculos de piedras establecieron un diálogo con la naturaleza. Un significado que siempre querremos desvelar, cuando debemos conformarnos con la obra humana, la huella humana, la imaginación humana, la existencia humana.
Mis hijos y mis sobrinas pasaron la tarde observando y cazando renacuajos en los pequeños remansos del río, a poca distancia de estas piedras primitivas. Pasaron las horas de la tarde agachados en la orilla. También, con la misma actitud observadora, aquellos niños de hace 5.000 años, cazaron ranas. Disfrutaron aprendiendo de los seres cercanos. Nos une la misma y simple existencia. Nos unen las mismas montañas, que ellos con sus construcciones embellecieron aun más. Viajaron buscando sustento, caza o trasladando sus rebaños. Clanes de cazadores o de pastores o ambas cosas. Era duro vivir en la prehistoria, pero la creación y la contemplación también tenían un hueco. Ellos levantaron aquellas piedras para convertir todas estas montañas, sus torrentes y bosques en un gran santuario de la naturaleza.
Nacara, Argynnis paphia. Revoloteando ahora como hacía también 5.000 años atrás.


[1] Megalitos del Alto Aragón. Ed. PRAMES

[2] Guía de los Pirineos, de Claude Dendaletche Ed. OMEGA